Presentación

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Padres, madres y ritualidad. La fuerza de las montañas

En este libro, se encuentran imágenes y relatos que nos invitan a repensar la tierra y sus magníficos elementos, la diversa perfección de sus formas, nos motiva a reflexionar sobre nuestro paso por sus territorios desde el pasado al presente. La tierra en todas sus expresiones y dimensiones, con sus montañas y profundidades ha sido en el pasado reverenciada y en el presente está siendo devastada por hombres y mujeres que vivimos en sus territorios.

En el plano de la adoración, en distintos sitios arqueológicos se han descubierto e interpretado representaciones anteriores al imperio Inca que nos informan de la necesidad del ser humano por ritualizar su vínculo con el entorno. Se conoce por los descubrimientos arqueológicos, que en todas las culturas antiguas se le otorgó un valor importantísimo al ritual de demarcar un lugar, a ciertas grutas o recodos de los ríos, definidos para separar los espacios entre lo sagrado y lo profano.

En la interpretación de goeglifos encontrados en la cuenca del río Nazca se representa que sus aguas y las montañas adyacentes constituyeron parte fundamental de la ritualidad. Así cerros, concavidades, montañas y múltiples elementos topográficos van adquiriendo un alto valor simbólico vinculando el paisaje con la experiencia emocional de quienes lo habitan.

Así se expandieron desde la antigüedad hasta la actualidad, series complejas de prácticas en las que se reconoce en la montaña, al gran padre/abuelo Achachis/Achachilas que se levantan majestuosos sobre la superficie de la madre tierra Pacha/Pachamama. Simbólicamente en alguna regiones se consideró que en el íntimo abrazo entre las montañas y la pacha se fecundaba la vida, alimentada por las aguas de lluvia que convertidas en ríos y nutridas por Inti el dios sol, se fertilizaban los campos para alimentar a sus habitantes, considerados un componente más de los elementos vivos de la superficie de la tierra.

De este modo, se considera que los principales rituales que se conservan hasta la actualidad, se vinculan a este proceso, en un homenaje a la vida y la nutrición en un diálogo entre los animales, los humanos y los elementos del paisaje. En estas regiones aunque se ha simbolizado a Pachamama como la madre de las montañas y de todo lo vivo sobre la tierra, por el orden andino de estas cosas sagradas, desde una perspectiva de jerarquías ancestrales, la montaña suele emerger simbólicamente como similar o superior a Pachamama.

Esta visión transformada por las culturas se conserva con matices, aunque existen desacuerdos teóricos sobre si entre los Incas el culto a las deidades de las montañas fuera central, su veneración sigue siendo de gran importancia, en cualquier ritual actual, se busca otorgar homenajes para dar cuenta del respeto a los padres/abuelos representados por las montañas. Existen referencias que indican que una de las deidades más adoradas fue el dios del tiempo, debido a su control sobre todos los fenómenos meteorológicos de la tierra y por tanto del que dependía la vida y la muerte de todo lo existente en su superficie. A menudo fue reconocida como Illapa/o Tunupa (clima) en su expresión de trueno o relámpago. En esta práctica de homenajes a Illapa, para atraer la lluvia se identifica nuevamente la importancia de las montañas, pues en tiempos de sequía  las ofrendas debían ser realizadas desde las montañas más altas.

Todas las ceremonias sagradas desde los inicios de la grupalidad, han jugado un rol fundamental para la integración social a nivel comunitario y supracomunitario. Aunque existan distintas interpretaciones que sitúe a las montañas, como deidades de mayor o menor importancia, lo que es significativo es que las ceremonias relacionadas con su veneración, han sido en el pasado y en el presente consideradas eventos públicos de gran importancia social y cultural para las comunidades, principalmente en una era de devastación de la tierra.

Si con la belleza que nos muestra este libro, logramos reconocer el valor de nuestros Padres/ abuelos Achachilas y Madres/ Pacha, recuperando conciencia de la urgencia de su cuidado y a su vez admiración por su majestuosidad, podremos situarnos desde una de la perspectiva ecocéntrica, y abandonar la posición egocéntrica que nos ha llevado a destruir los ecosistemas, podríamos repensarnos los humanos como uno más de los elementos del paisaje, en lugar de ver al planeta como un bien que nos pertenece, podríamos pensar la tierra como una comunidad a la que pertenecemos.

JIMENA SILVA SEGOVIA,  Profesora Asociada. Facultad de Humanidades. Escuela de Psicología Universidad Católica del Norte. Antofagasta. Chile. Psicóloga social, Doctora en Antropología y Máster en Estudios y Cultura de Género. Ha realizado investigación etnográfica, cualitativa y mixta desde 1989 a la actualidad sobre líneas de género y derechos, en pueblos originarios de Bolivia y Perú, y en distintas comunidades chilenas. Ha publicado artículos y libros de responsabilidad individual y colectiva, a nivel nacional e internacional. Ha recibido diversos reconocimientos por su trabajo de investigación con perspectiva de género.